No sé si lo que le mandamos al cliente era lo mejor que teníamos
Un cliente nos soltó esa frase casi de pasada, hablando de sus presupuestos. Construimos un sistema que recoge la petición por el canal de mensajería, la convierte en una ficha de datos y consulta a todos sus proveedores —cada uno con sus reglas— hasta armar la comparación entera. Presenta la mejor opción en minutos.
Lo que cambió no fue la velocidad, aunque también. Fue que pasaron de decidir sobre tres o cuatro opciones a decidir sobre casi doscientas. La misma persona cierra la venta, pero sobre todo lo que había y no sobre lo que daba tiempo a mirar.
¿Por qué tu equipo compara menos opciones de las que crees?
Hay una disfunción que casi ningún negocio detecta a tiempo: cuando responder bien a un cliente exige comparar más opciones de las que cabe revisar a mano, tu equipo deja de comparar y empieza a elegir entre las que ya conoce. No por dejadez. Porque no hay otra salida.
Pasa cuando el trabajo es combinatorio en vez de lineal. En este caso, cada petición tenía del orden de 190 combinaciones relevantes, y cada una exigía entre cinco y diez consultas encadenadas al proveedor, con reglas distintas en cada uno. Diez peticiones al día. Nadie recorre eso. Lo que hacía el comercial —lo sensato— era mirar tres o cuatro opciones conocidas y mandar la mejor.
Lo caro no es el tiempo. Es que este fallo no se parece a un fallo. El presupuesto sale correcto, el cliente no se queja y nadie abre una incidencia porque una propuesta era buena en lugar de la mejor. Solo se nota, de lejos, en un margen peor del esperado y en peticiones que se enfriaron esperando.
Y no se arregla contratando. Doblar el equipo te lleva de cuatro opciones comparadas a ocho, no a ciento noventa: el trabajo crece por multiplicación y las personas se suman de una en una. Cada proveedor nuevo tampoco añade opciones, las multiplica. La brecha se ensancha sola cada vez que el negocio crece.
Además es el trabajo donde una persona rinde peor: repetir el mismo proceso de diez pasos por sexagésima vez en una tarde es donde aparecen los despistes.
Y tiene efecto bola de nieve. Las opciones que un comercial revisa primero son las que ya ha vendido, porque son las que conoce; así que esas se venden más y el resto del catálogo se aleja un poco cada trimestre. Al final no tienes un equipo eligiendo mal: tienes un equipo eligiendo bien dentro de un abanico que se estrechó solo.
¿Qué hace el sistema y qué sigue haciendo una persona?
El sistema se ocupa de la parte imposible: lee la conversación, recorre a todos los proveedores hasta el precio real de cada alternativa, elige la mejor disponible y redacta el mensaje que sale al cliente.
Hay una cosa que no hace nunca: inventarse un precio. Las cifras salen de la respuesta del proveedor, no del modelo; si una oferta no se puede rastrear hasta la consulta que la devolvió, se descarta. Lo que compromete dinero lo ejecuta código normal.
A una persona se le pasa siempre el cierre y cualquier caso en el que no haya forma de servir lo que el cliente pidió: ahí hay que hablar con alguien, no elegir entre alternativas. El comercial deja de buscar opciones y habla con clientes que ya tienen una propuesta delante.
El aprendizaje: separa explorar de comprometer
En una prueba, el modelo devolvió un precio que el proveedor nunca había dado. No era disparatado; era simplemente falso. De ahí salió el principio que aplicamos ya a cualquier proyecto con IA:
Deja que el modelo explore y que el código ejecute. La IA es buena buscando, comparando y proponiendo. Es mala como fuente de un dato que alguien va a cobrar. Todo lo que toque dinero, o sea difícil de deshacer, va en código verificable. Diseñas el sistema para que su peor error sea ofrecer de menos, nunca inventar de más.
Esa frontera es lo que hace viable meter un modelo en un proceso serio.
¿A quién le sirve y a quién no todavía?
Encaja si presupuestar exige consultar varios sistemas externos con reglas propias y sospechas que tu equipo mira solo una parte. Pasa en distribución, en seguros, en logística. El sector da igual: importa si el trabajo es combinatorio.
No es tu momento si tu precio sale de una tarifa propia y única, o si a tus proveedores solo se les consulta por teléfono o por PDF. Ahí el primer paso es otro y más aburrido: hacer esa información consultable por medios automáticos.
Tampoco si tu volumen es de dos o tres peticiones a la semana: con ese ritmo, una persona llega.
Preguntas frecuentes
- ¿Cuánto cuesta?
- Depende de cuántos sistemas externos haya que integrar. La parte cara nunca es la IA: es averiguar las reglas reales de cada proveedor, que casi nunca coinciden con su manual.
- ¿Cuánto tarda en estar operativo?
- Contra un solo proveedor, semanas. Cubrir los casos raros lleva meses; conviene empezar estrecho y ampliar.
- ¿Y si la IA se equivoca?
- Se diseña para que equivocarse salga barato. Aquí no puede inventar un precio ni cerrar una operación: como mucho ofrece menos opciones de las que había.
- ¿Qué necesito tener ya montado?
- Que tus proveedores se puedan consultar por medios automáticos y un canal por donde ya te lleguen las peticiones.
- ¿Sustituye a mi equipo comercial?
- No, le quita la parte mecánica. Sigue haciendo falta quien entienda al cliente y cierre.
Si crees que en tu empresa pasa algo parecido, hay una forma barata de comprobarlo: coge tu último presupuesto enviado y cuenta cuántas alternativas se compararon frente a cuántas existían. Si la diferencia te incomoda, escríbenos y lo miramos.